Envidia de la buena.

Mar 17, 2021

Hay ciertas personas que me dan envidia.

Desde que las veo siento que tienen algo que yo quiero y muchas veces no sé bien de qué se trata solo sé que siento algo atrás de los ojos que hace que las mire de otra manera, como más profunda o menos honesta... no lo sé. A veces siento algo en las manos también, como si energéticamente les quisiera quitar algo; como si tuviera poderes mágicos y pudiera jalar lo que tienen con el poder que sale de mis palmas.

Me acuerdo de la primera vez que sentí envidia. Era hacia una niña que se llamaba Sarah que tenía Barbies más lindas que las mías y una bici roja nueva,  la mía también había sido roja pero estaba maltratada por el sol y ya se veía vieja. Sentía que esa niña era más que lo que yo era, que era otro nivel de niña, más especial, con más suerte, más ángel, más hermosa. Sarah era como una mariposa y yo una hormiga a su lado.

Lo chistoso es que ahora que la recuerdo ni siquiera me acuerdo cómo era, solo sé lo que a mí me hacia sentir y que no me gustaba sentirlo. No me sorprendería que nada de lo que yo hubiera pensado de ella no haya sido cierto, porque si algo me han enseñado los años es que es muy difícil confiar en nuestra percepción de las cosas y mucho menos en los recuerdos. Por eso es mejor no darles demasiada importancia.

Después de esa vinieron otras, una niña a la que le envidiaba el pelo, otra que me hacía querer tener pecas, una que me acuerdo que comía pizerolas de una manera tan cool que hasta me empecé a comprar papas en el recreo con la esperanza de poder masticar como ella. Nunca lo logré.

Conforme crecí mis envidias cambiaron. Dejé de enfocarme en cosas pequeñas y mudé mi atención a cuestiones propias de mi edad. En mi adolescencia me la causaban quienes tuvieran chichis, ropa padre y novios guapos. Quienes conocieran la nieve o vacacionaran en lugares padres. En esos tiempos mi envidia no discriminaba, escogía tanto a hombres como a mujeres, a rubias y morochas, a bajitas y altas. Si tú tenías algo que yo no tenía sentía algo en mí que te lo quería quitar para hacerlo mío.

Sé que la manera en la que lo estoy diciendo podría hacerme parecer psicópata o como una niña mala vibra que deseaba lo que los demás tuvieran, pero te prometo que no era así. Me gusta exagerar las cosas para que valgan la pena ser contadas. Siempre he hecho eso. Es mi especialidad. Te prometo que no solo no era mala onda si no que esto que te cuento lo viví en absoluto secreto y nunca se me notó ni tantito, por que ocultar lo que siento es mi otra especialidad.

Pero regresando al tema; no sé en que momento ni cómo es que ocurrió pero un día mi envidia pasó de ser una enemiga a ser mi amiga. De sentirse como veneno en mi cuerpo a ser un calorcito rico, incluso apapachador. Y es que se transformó en otra cosa. Ya no me decía que yo quería y merecía lo que otra gente tenía si no que me informaba de lo que me hacía falta para ser feliz.

El proyecto padre que empezaba mi amiga no era una amenaza, era una inspiración a que yo hiciera el mío. Mi compañera de yoga a la que le salían las asanas era un recordatorio de que para lograr mis objetivos tenía que ser disciplinada. La relación amorosa de mis compadres me recordaba que para tener una relación sana se tiene que trabajar en un mismo. El viaje de mis amigos por Europa me invitaba a re evaluar mis gastos y decidir mis prioridades económicas... lo que alguna vez fue un sentimiento de "no se vale que ella/él lo tiene y yo no" se volvió un "¿Qué me gustaría hacer/tener como esta persona?".

Y es así como por fin entendí la famosa frase "Envidia de la buena" y ¿sabes qué? no solo se vale sentirla si no que es de la información más valiosa que existe.

Ponte las pilas.

K